Vamos es el fin. Beso
Emilia Naistat
VÍA MONTE galería
Buenos Aires
2025
En la ciudad de Arlés, al sur de Francia, Emilia Naistat hace una suelta de las telas que pintó en las últimas semanas. Las deja apenas sostenidas por los pastos de un baldío, delante de los pies que trepan escalones, colgando de un barandal. De ese modo, piensa, las pinturas y la ciudad se conocerían mejor.
Cuando vuelve a Buenos Aires, retoma unas pinturas que había dejado a medio empezar en su taller. Es una serie hermanada a la de Arlés, no tanto por lo que la pintora se ha propuesto, sino por lo que piensa cuando pinta. En general, frases sueltas o los adverbios del francés que está aprendiendo a hablar. Sonidos, aislados, recurrentes, que explotan como pequeñas burbujas en el interior de la cabeza de una chica que está en silencio haciendo una cosa con las manos. Allez, c'est la fin o también alors, peut-être, probablement.
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Las telas que está pintando son de distintos tamaños; Emilia trabaja en varias a la vez. Elige una paleta agrisada y pastelosa. A veces, hace caer el color con la furia de una lluvia fuerte: es un modo de manchar la tela que vio en la muestra de Kuitca este año, por ráfagas.
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La pintora se detiene. Observa, anota: sobre este gris hoy el verde brilla.
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La búsqueda de lo indeterminado la aleja de las figuraciones temáticas. Se va despegando de las siluetas humanas, de la representación de los árboles y las nubes, para alcanzar una zona abisal donde viven planos y manchas. Se queda. Madura. Las telas están pintadas al ras; algunas tienen sus bordes en chanfle y desflecados. Todo parece indicar que, insumisas, ellas mismas se recortaron de un paisaje lejano. Son combinaciones exquisitas de un color, un sabor y una cualidad del aire: la hipótesis de que la abstracción es un modo muy específico que toma el recuerdo de un lugar. Pongamos, de un codo de la ribera del Ródano.
Convertir la pintura en un refugio para ese tipo de memorias evanescentes implica que, en las siguientes semanas, Emilia impregne la tela de una capa y otra, y otra más de materia. El óleo se hace cobertura, se amontona en relieves, se satura de sí. La superficie se compacta como fortaleza. Las pinturas adquieren algo murario, definitivamente tangibles. Los sonidos que estallaban en la cabeza de la pintora, han quedado ahora abroquelados por una bruma.
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Pero una vez que esas superficies impenetrables, incluso macizas, se secan y consolidan, Emilia regresa a ellas casi con el ánimo de asediar su propio alcázar. Raspa, entonces, las telas y dibuja líneas, remolinos, y —de nuevo— lluvias de rayas finas, con un gesto incisivo de grabadora o de vándala. Del mismo modo que con la excursión urbana de la serie de Arlés, quiere inscribir una extrañeza en lo homogéneo.
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Emilia llama a esos raspones “garabatos”. En ellos se reconocen aspectos del dibujo infantil, de la talla catártica, del daño romántico. El garabato también es la tendencia figurativa que reincide, desenfadada, a ocupar su lugar en el centro del cuadro.
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Esta muestra no es la traducción de una ruta, ni la ilustración de un anecdotario. La frecuencia del viaje se ha sintonizado de otro modo, como un ruido blanco o una estática que todo el tiempo recomienza. Por eso, hay un enorme esfuerzo muscular en estas pinturas: Emilia ha sostenido las imágenes con ambos brazos hasta estabilizarlas.
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Con la garganta del susurro se lee que una tela aún exhala, ¡vamos!, aunque su acento ya no suena nativo.




