Los pasajes del desierto
Fátima Pecci Carou
Centro de Arte de la Universidad de La Plata
2024
El telón es una gran mancha arriba y abajo de una línea de horizonte sinuosa, casi una reacción atmosférica a la lectura de un libro sobre el desierto. Sin embargo, el puntapié para esta pintura fue un programa de TV en el que Daniel Santoro y María Moreno conversaban sobre el cuadro La vuelta del malón de Ángel Della Valle, pintado a fines del siglo XIX. En un momento del episodio, y mediante un truco de edición, el paisaje que está detrás del malón de indios tomaba el protagonismo de la pantalla; se mostraba vacío, sin figuras y bañado por un filtro rojo. Parecía estar bajo el efecto de una resolana o ser la pampa con ese aspecto extraño asumido a menudo por el humo de la quema de alguna parte al atardecer, como observó un acuarelista escocés. Fátima Pecci Carou detuvo la reproducción del programa en ese instante enrojecido, fijó el color y esa apariencia rara de la obra tan famosa, tan vista, para pintar ella misma un desierto en 17 metros. El mayor milagro en el desierto es el pasaje del día a la noche y viceversa. Quienes transitan estos lugares, si aún no lo saben, aprenden a ver en los cambios de la luz las hebras de la Historia.
La pintura de Della Valle dialoga con La cautiva, ese poema épico de Esteban Echeverría, también del siglo XIX. El texto no fue el primero de las letras del Río de la Plata en tratar el tema del rapto de la mujer blanca, pero sí el que volvió apelativo —una expresión por la que puede ser llamada— el adjetivo que antes sólo la calificaba. El nombre de pila de la heroína, María (quien se libera de su cautiverio para rescatar, puñal en mano, a su esposo prisionero en las tolderías), se disuelve entre las rimas y tiende a ser olvidado. El entorno, en cambio, se hace de un cuerpo y un nombre, se llama El Desierto, y se despliega como un personaje más. Su descripción gana en relevancia al relato de los esposos, su solo acontecer es el drama principal del poema.
A partir de revisitar esas dos obras, el cuadro y el poema, Pecci Carou se involucra por primera vez con temas de literatura para esta nueva exhibición en el Centro de Arte de la UNLP. El ingreso de la ficción le permite explorar desde el color y la cobertura de grandes superficies; habilita, aunque suene paradójico, la suspensión de los asuntos narrativos al interior de la pintura y el desplazamiento desde la figuración hacia zonas de mayor abstracción. La instalación que ocupa esta sala se desvía de las condiciones del realismo, mucho más presente en las series anteriores de la artista, aunque sin abandonar la impronta que tiene el tema en su producción como eje organizador del procedimiento de trabajo y de la presentación al público. Es en continuidad con su interés siempre manifiesto por los temas de la historia argentina, en particular, por la historia de las mujeres, y su sensibilidad hacia las realidades cotidianas de ellas (desde el trabajo invisible o precarizado, a la maternidad, y la denuncia de la trata y los femicidios), que la artista llega a la cautiva y al desierto, tópicos fundadores del imaginario nacional.




