Hoy el mundo está iluminado por el relámpago
Pablo Masino
Dicha, Tucumán
2025
Pablo Masino presenta dos series de fotografías que adoptan el formato del video y de la publicación. La primera está compuesta por planos muy cerrados de vidrieras de joyerías y casas de antigüedades; la segunda por tomas realizadas en la calle o al costado de un camino. Las fotografías de las vidrieras se suceden sobre una pantalla. Se sobreimprimen, a modo de subtítulos de un diálogo mudo, algunas líneas de El zoo de cristal, una pieza de teatro ya clásica. El texto se refleja en las estatuillas de animales que entregan las imágenes, como si se tratara de una versión libre de la obra. El otro grupo de fotos, planteado en tres revistas numeradas, se acompaña de epígrafes que indican el lugar y la fecha en que fue tomada cada una. Quien conozca la ciudad de Tucumán reconocerá los topónimos de zonas aledañas al centro, de aquellas cortadas por las vías o alcanzando el piedemonte. Son encuadres amplios en los que las figuras parecen escurrirse y evitar activamente la claridad del retrato. En el video, por momentos, pueden leerse dos voces que confrontan. Alguien pregunta a alguien más en tono de reproche dónde ha estado. He ido al cine, contesta la otra voz, y también dice: al Parque, a un bar, al pasaje, a los bajos fondos, a cualquier lugar para entrar en calor. La voz inquisidora no le cree, nadie va al cine tanto como vos decís, eso no responde a un sano juicio. Exactamente, me he vuelto loco, responde la segunda voz, apropiándose del sentido de la sentencia. La ciudad va compareciendo en ese intercambio. En las revistas, las fotografías de los barrios Norte, Sur, Jardín, El Bosque, Horco Molle o la Ciudadela, se siguen unas con otras a voluntad de quien voltea las páginas. En la coincidencia momentánea de dos o más, empalman oportunidades de dar con un paso en la imagen, ya sea por lo escópico (el túnel que transporta desde el centro) o por la diagonal vertiginosa, de perspectiva geométrica, que tienden los cables de luz por encima y el cordón de la vereda por debajo. Entre ambas obras se delinea un viejo oficio de la modernidad: la flânerie, que se deja traducir bastante bien en el callejeo. Se trata de una costumbre de dislocación —palabra que el diccionario define como “desplazamiento anormal” y que aloja en su interior a la loca, la que ofrece al espacio de lo público su disidencia con el régimen de sanidad—; dislocación que, en las imágenes de esta muestra, se actúa en escenarios precisos de la ciudad como las galerías comerciales o las esquinas con decorados de basural. Las fotos de Pablo no se apuran, sin embargo, a conmemorar el vagabundeo del solito (es decir, a recalar en el acto performático de salir a hacer fotos) sino que van asentando plazas de cultivo para otras narraciones. Corresponde, entonces, invertir el derrotero de aquellas figuras esquivas y verlas, no como la silueta cada vez más borroneada de la melancolía, sino como la aparición progresiva de lo porvenir. Conviene situar estas imágenes en este mundo iluminado por el relámpago, para desplegar un poco más sus potencias. La dureza de las luces espasmódicas que nos hemos acostumbrado a recibir y proyectar sobre el entorno desde que las esferas digitales colonizaron nuestra sensibilidad tiene, en el país, un correlato político de crueldad. Sobre eso, Tucumán ha sido en la historia argentina toda y en particular en la más reciente, un espacio donde la represión se extendió con ferocidad sin igual. Quizás como efecto de esa historia, la optativa por la intransigencia también se perfila junto a las montañas de este valle. Si se las mira bajo esa sombra, las imágenes de Pablo curvan la huella del deambuleo para ir a otra parte, no a los términos fijados por el trazado de lo represivo. Aún sin tomarlas, estas fotografías señalan rutas para la liberación cifradas en la velocidad con que el verde se arrima desde el monte o en las evocaciones a la ternura modeladas en porcelana. Son fulguraciones de vitalidad, tan necesarias, y que han sido rescatadas a mano.




